De Venecia a París
Nacida en Venecia, se reunió de niña en París con su padre, Tommaso da Pizzano, médico y astrólogo de Carlos V.
Una biblioteca de pensamiento
Responder a las autoridades con razón, historia y experiencia.
Nacida en Venecia y criada en la corte francesa, Cristina de Pizán enviudó a los veinticinco años y vivió de su pluma, supervisando la copia de sus propios manuscritos. En poemas, alegorías, obras históricas y tratados políticos rebatió la misoginia letrada, defendió la instrucción de las mujeres y aconsejó a los príncipes sobre el buen gobierno en plena guerra civil.
Nacida en Venecia, se reunió de niña en París con su padre, Tommaso da Pizzano, médico y astrólogo de Carlos V.
Se casó con Étienne du Castel, secretario real; su muerte la dejó a cargo de tres hijos, de su madre y de una sobrina.
Con la Epístola al dios de Amor y sus cartas sobre el Roman de la Rose, rebatió la imagen de las mujeres que daba Jean de Meun.
La vida de Carlos V, la Ciudad de las damas, el Libro de las tres virtudes y el Cuerpo político se suceden con rapidez.
En el conflicto entre armañacs y borgoñones escribió una lamentación sobre los males de Francia y el Libro de la paz; después dejó París, probablemente por el convento de Poissy.
Su última obra conocida, el Ditié de Jehanne d’Arc, celebra las victorias de la Doncella; Cristina murió hacia 1430.
Cristina nació en Venecia hacia 1364. Su padre, Tommaso da Pizzano, médico y astrólogo formado en Bolonia, fue llamado a París por Carlos V. Creció cerca de una corte que encargaba traducciones francesas de Aristóteles y reunía una célebre biblioteca real. Según recordaría después, su padre favoreció sus estudios más de lo que la costumbre permitía a una niña. Casada a los quince años con el secretario real Étienne du Castel, perdió a su protector con la muerte del rey en 1380, luego a su padre y, en 1390, a su marido. A los veinticinco años afrontó pleitos por deudas y herencias mientras sostenía a su familia.
A finales de la década de 1390 Cristina empezó con la poesía lírica, en particular baladas sobre su viudez, y pronto buscó protectores entre los príncipes de la casa real. Supervisó la copia y la iluminación de sus manuscritos y los ofreció a la reina Isabel de Baviera y a los duques de Orleans, Berry y Borgoña. Entre 1401 y 1402 rebatió la misoginia del Roman de la Rose frente a secretarios reales y clérigos que defendían a Jean de Meun, y reunió las cartas de la querella en un dossier para la reina. Siguieron obras alegóricas como el Libro de la mutación de Fortuna, donde cuenta que fue transformada en hombre para gobernar su nave tras la muerte de su marido.
En La ciudad de las damas, escrita en 1404 y 1405, Cristina se describe abatida por los juicios de los sabios hasta que aparecen Razón, Rectitud y Justicia y le encargan construir una ciudad para las mujeres dignas. Reelaborando las Mujeres ilustres de Boccaccio, reúne gobernantes, inventoras, sabias, profetisas, esposas fieles y santas como prueba contra las autoridades que denigraban a las mujeres. El Libro de las tres virtudes, terminado en 1405 para Margarita de Borgoña, convierte esa defensa en consejos prácticos para todos los estados, desde princesas y administradoras de señoríos hasta esposas de mercaderes, criadas y pobres. Su realismo sobre la reputación y la jerarquía ha hecho que se lo juzgue a la vez sagaz y conservador.
Cuando la locura de Carlos VI abrió una lucha entre las casas de Orleans y Borgoña, Cristina se dirigió directamente a los príncipes. El Libro del cuerpo político, escrito entre 1404 y 1407 para el joven delfín Luis de Guyena, describe el reino como un cuerpo cuyo príncipe, caballeros y pueblo se deben mutuamente cuidado y servicio. Se apoyó en Aristóteles a través de las traducciones de Nicole Oresme, en Valerio Máximo y en Juan de Salisbury, y escribió después sobre el derecho de la guerra y sobre la paz. Después de 1418 guardó silencio, probablemente en el convento de Poissy, hasta que su poema de 1429 celebró a Juana de Arco. En 1949 Simone de Beauvoir vio en ella a la primera mujer que tomó la pluma para defender a su sexo.
Sus obras circularon en manuscritos de presentación y en las primeras ediciones impresas, con traducciones inglesas impresas entre 1478 y 1521 y una versión portuguesa en 1518. La investigación moderna la ha recuperado como pensadora política y como una de las primeras voces del largo debate sobre las mujeres; Simone de Beauvoir la elogió en 1949, aunque la etiqueta de «feminista» sigue discutiéndose por anacrónica.
Fuentes y referencias